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“Construimos nuestro legado pieza por pieza, y tal vez todo el mundo te recordará, o tal vez sólo un par de personas, pero haces lo que puedes para asegurarte de que todavía estás por ahí después de que te hayas ido”.

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“La Maga”

“… te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente del metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque…”

Les objets perdus

Si bien el universo tecnológico a dado pasos agigantados, no ha sucedido lo mismo con los valores humanos. Aunque estamos conformes con nuestro querido smartphone, hay un dejo de vacío. A raíz de ello, existe una tendencia a “volver a las fuentes”. Es decir, regresar a nuestros orígenes. Al contacto con la naturaleza, y con el mundo de los objetos, pero desde otra mirada, una más añeja.
Un ejemplo, es la deliciosa postal que nos brinda un joven paseando en una bici anticuada, con un reloj de agujas en su muñeca. En algún momento, el mundo fue un lugar mucho más sencillo que el actual. Tal vez porque no existían tantos ” pequeños mundos”. Una bici era sencillamente eso, una bicicleta, que podía ser el mejor regalo de cumpleaños o la herencia de un hermano mayor. No existía tantos accesorios sobre el mismo objeto, o tantos instructivos, mandatos, selfies, redes sociales…
Los celulares se transformaron en un péndulo hipnótico, y en nuestro archienemigo. Por consiguiente, dejamos de mirar las estrellas. Y aunque suene poético, es una penosa realidad. Ya no dirijimos la mirada ni al cielo ni hacia nuestro alrededor.
Es paradójico, porque sentimos que estamos más conectados, sin embargo, la burbuja aislante creció en todas sus dimensiones.
Para la generación que nació sin Internet, con un reloj de agujas en su muñeca, y un walkman en su mano, le es difícil mantener su fidelidad a la misma, en mundo tan cambiante.
Hace un tiempo leí un pequeño libro de Paul Auster, llamado: “La Historia de Mi Maquina de Escribir”. Es un libro verdaderamente diminuto en cuanto a hojas, pero una experiencia amena sobre el mundo de los objetos perdidos. Y un icono de él, es precisamente nuestra adorada máquina de escribir. Es extraño, pero he llegado leer por ahí que hay madres que le han tenido que explicar a sus hijos de qué se trata este artefacto.
Ahora si has pertenecido a esa generación de la cual hablaba, debes haber tenido una, o alguien de tu familia seguro la tuvo.
Aun conservo la mía, con sus teclas algo oxidadas, y repletas de historias. No era tan bonita como la de Paul Auster, pero era mía, y estaba orgullosa de ella.
Era un bien preciado, y una herencia de mi tía. Obstentaba un carácter difícil, debido a que no funcionaba muy bien el espacio, por lo cual cada tres pasitos saltaba como rana ansiosa.
Al principio era una herramienta básica para los trabajos de la facultad. Eso sí, había que tenerle una infinita paciencia y amor, para borrar cuidadosamente las letras repetidas en cada salto.
Con el tiempo se transformó en una amiga y confidente, de las tardes veraniegas. Durante esas pausas, fue una invitación a la escritura, y una inspiración para mis pequeños poemas.
Ella era algo más que una colección de teclas oxidadas, y caprichosas. Fue un refugio para crear, y despegar las alas.
En definitiva, todos tenemos algún objeto perdido en la nostalgia, que siempre podemos rescatar a partir de nuestra memoria emotiva, y abrazarlo. Para conectarnos con ese mundo simple, en el cual alguna vez vivimos.

De entre todas las cosas II

Este poema lo escribí hace mucho tiempo, para alguien muy especial, que siempre estará en mi corazón.

Me gusta el brillar de la mañana,
las pausas con aroma café,
la brisa de primavera
con sus fragancias.
El jugar de los cachorros,
la risa de los niños,
la sabiduría de los ancianos.
La madrugada callada,
los noches frías de invierno.
Los desafíos cotidianos,
la rebeldía con y sin causa.
Las historias de amor truncadas
con finales felices,
la ternura contenida
de un beso en la frente,
que ames con locura.
Pero lo que más me gusta
entre todas las cosas,
es amarte.

In Memoriam

Un par de copas casi besándose, un par de pocillos unidos en un abrazo…Hoy todo par duele, entre muchas otras cosas. Duele amanecer, respirar, el latir del corazón…El reflejo de una sola sombra, cuando antes eran dos. Las pequeñas cosas de tu vida encerradas en una caja. Me pregunto si alguien alguna vez, entre lágrimas, guardará en una también las mías.
Una voz de un audio, un video de un par de segundos, una foto desprolijada tomada al azar…Diminutas piezas de un rompecabezas, pero que juntas no dicen nada de ti, de tus abrazos, de tu sonrisa, de tu mirada…Duele que el mundo siga de pie, mientras ya no estás en él. Duele los sueños, las promesas, los códigos, los secretos, los recuerdos recientes…duele amarte tanto…Como me gustaría subirme a una estrella y robarte un ratito del cielo.

“Y el señor conejo le dijo al sombrero loco: ¿Bailamos?

El sombrero le respondió: ¿Y qué nos juzguen de locos?

A lo que el señor conejo le respondió: ¿Usted conoce cuerdos felices?

El sombrero loco, le miró, sonrió y agarrando al señor conejo, murmuró: Tiene razón, bailemos”.

Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll