“Y el señor conejo le dijo al sombrero loco: ¿Bailamos?

El sombrero le respondió: ¿Y qué nos juzguen de locos?

A lo que el señor conejo le respondió: ¿Usted conoce cuerdos felices?

El sombrero loco, le miró, sonrió y agarrando al señor conejo, murmuró: Tiene razón, bailemos”.

Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll

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Bohême

A veces él la sorprendía dando pasos de baile, o hablando en soledad, como ensayando una pieza de teatro. Al llegar el verano la casa abría sus pulmones con el aire fresco proveniente de la huerta, y de aquel pequeño tesoro, el limonero. En invierno, el aroma a leña se hacía presente. Ella tejía historias al lado del fuego, mientras él se escondía en la lectura. No es fácil escribir sobre estos dos. Tampoco lo es, revivirlos en mi memoria. Aun escucho su eterno violín, medio desentonado y vagabundo, con algunas notas más claras que otras. No se puede culpar a alguien de soñar despierto y a toda hora. Este amor extraño, como ellos. Mitad bohemio, mitad divagante. Después de todo, no es así el amor? La razón de ser de uno, la razón de ser del otro. Quizás como lo definiría ella: “Mi derecho, mi revés…” Aun siento el crujir de la madera, subiendo los escalones oxidados de pasos, hoy tan lejanos como ancianos. Me poso sobre uno de los vidrios de los ventanales, tratando de imaginar que miraban sus ojos desde allí, miraban? Algunos alegan que eran de aquellos que miraban sin mirar. No es una contradicción, allí donde tal vez no había nada, ella veía un mundo, una forma, un color, un animal salido de un cuento. Y en ese cuento, él estaba, como en todos los de ella. Era un personaje más o el principal de su historia o la de los dos. Existen amores como esos? Tan locos, tan profundos, que si los dejas sueltos en el aire, puede que transformen el mundo.

“Une mer de petits feux”

Él envidiaba a aquéllos que por esas cosas de la vida, aún no habían tenido el placer de disfrutar el Don Quijote. Llegaba con una sonrisa abrochada, y su pequeño libro de Ray Bradbury, maltrecho y escarbado, seña particular de su perfil de gran lector. Comparado con mi copia de Fahrenheit 451, pulcra y prolija de “la raíz a la médula”, casi al borde de un TOC. Con el tiempo entendí, que torcer sus páginas y poblarlos de vejez, también era una forma de amar a los libros. Como si ellos necesitarán que uno los despeinarán, puesto que las historias se escriben caprichosas y arrugadas, similares a las de la vida misma. El placer de pasear por sus hojas, y de congelar mágicamente sus personajes durante una pausa. Ese manjar de los mortales, ese pasaje de la ignorancia al conocimiento, de la duda a la certeza, y de la indiferencia al asombro.
Aquel personaje pintoresco, que alegraba nuestros momentos de clase, como dice una vieja canción, un día se bebió de golpe todas las estrellas. Tal vez, arriba necesitaban un profe, o se habían quedado sin risas. ¡Hasta luego querido profesor! Porque por aquí abajo, simplemente, “somos un mar de fueguitos”.

Instantané

Crecer era un poco morir, en ese intento furioso y desgarrado, de consumir cada gota de la miel de la vida. Dejar de ser pequeño, desde nuestro refugio lejano. Como una sútil hoja que tentada por el viento huye de su árbol nativo hacia nuevos horizontes. Pero la ingrata naturaleza decide que su destino es allí, atada a él, sin poder volver a volar, haciéndose diminuta por el desgaste del tiempo. Crecer era dolor, dolor en los huesos. Una invitación a ser visible, en un mundo invisible para algunos. Crecer era un disfraz, una falsa quimera sobre la libertad. Un sorbo amargo de la más pura realidad. Crecer era una declaración del cuerpo como finito y de la mente, como infinita.

Season Finale

Por esta época las personas comienzan a hacer balances del año que se va. Cuando uno es demasiado joven, a veces resulta fácil hacerlo. En la adultez, parece algo un poco más complicado. Nuestra mente cambia, las sensaciones varían todo el tiempo. El futuro ya no se presenta como una postal lejana e inmóvil, porque entendemos que nosotros ya somos el futuro. Éste encierra todo lo que vivimos. El presente es eso que dibujábamos cuando éramos aún niños sin saber bien en qué personas nos convertiríamos. Tal vez el mejor plan, en este momento, es no hacer planes. Eso no quiere decir dejar de lado los sueños, sino disfrutar del hoy. Los años pasan, y aunque cambiemos físicamente, e inclusive nuestro corazón se vuelva un viejo gruñón, seguiremos creyendo en las mismas cosas. Porque hay algo que no podemos cambiar, aunque suene reiterativo, y es nuestra esencia. Quizás tomemos disfraces prestados, y finjamos que otros tienen razón. Pero al regresar a casa, después de colgar nuestros miedos detrás de la puerta, volveremos a ser nosotros mismos. Y eso es lo mejor que nos puede pasar.