Broken

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En una ciudad lejana y atestada de personas envueltas en su caja individualista, la hipocresía encuentra su escenario propicio, cuando tropiezo sin querer con un individuo distraído. Apenas esbozo una sonrisa como pidiendo disculpas por algo que no hice, y giro sobre mis pasos para seguir en la búsqueda por encontrar lugar en un comedor repleto de gente, cuando mis oídos escuchan una frase brusca y desafortunada. Inclino mi cabeza, ahí está esa persona, quiero creer que esas palabras tienen otro destinatario, pero mi mirada se congela cuando se encuentra con la de ella. En mi mente quedan la duda, y el por qué de su frase poco amistosa, sumado a su silencio, que ante mi ojos atónitos, tampoco me transmite demasiada información. Aunque prefiero olvidar el episodio, al transcurrir el día, un hecho similar me vuelve a suceder. Esta vez no hay cruces de miradas, solo un mujer malhumorada, y apurada tropieza conmigo, aun así, a veces mi alma todavía tiene el valor de susurrar “un disculpas”, cual responsable de un delito que teme no haber cometido. Me pregunto con cierta ironía, si tal vez son las mismas personas que se apasionan por escribir frases de otros, o se sumergen en libros de autoayuda, en el afán de alcanzar una seudo-espiritualidad dentro de esta pequeña esfera, virtual y mezquina. Al terminar el día, en medio del bullicio, la confusión y la multitud, lo único que deseo es llegar a mi hogar para abrazar a mis perros, fieles compañeros. A veces me cuestiono si no estamos todos algo rotos, aunque tengo la cruel certeza de que vivimos en un mundo que si lo está.

Ilustración: Pinterest

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