La clínica de la ficción

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Hace unos días atrás leía una nota de una revista, que ilustraba un cuadro psicopatológico, o al menos eso intentaba, en base a un personaje de una película. Acaparó mi atención, porque no es la primera vez que sucede, y no puedo dejar de sentir cierta preocupación. Claro está, que mi exposición en este espacio es siempre basada en una mirada personal.
Tratar de encajar un personaje de ficción dentro de toda una sintomalogía característica de determinados trastornos, me resulta osado. Si bien existen films en lo cuales sus protagonistas evidencian cuadros clínicos manifiestos como: Mejor Imposible, o Psicópata Americano; quién puede negar el trastorno obsesivo compulsivo vivenciado por el actor Jack Nicholson o el claro retrato de un psicópata personificado por Christian Bale.
Considero que cuando los escritores de una película o serie, bosquejan sus personajes, los confeccionan a partir de elementos reales y ficticios, porque de eso se trata el cine o la televisión. La finalidad de estos últimos es precisamente transportarnos ya sea por una o dos horas, a otro lugar, que puede ser real, desconocido o imaginario, pero por lo general, contiene componentes del mundo de la fantasía o de lo onírico. No es casual que se recurran a estos universos, porque ellos enriquecen la historia que se quiere contar.
Recuerdo hace tiempo atrás, me refería a la “peligrosidad” de la categorización y del automatismo de las conductas humanas. Porque para realizar un diagnóstico correcto, hay que evaluar a la persona respetando su individualidad. Si omito este punto, es como, por ejemplo, agarrar un libro de medicina, y buscar una enfermedad que se relacione con una jaqueca crónica. Esto es análogo a encontrar una aguja en un pajar, ya que un dolor de cabeza es solo un síntoma, que puede corresponderse con un millón de patologías.
Vivimos en una época, en la cual circula por nuestras manos demasiada información virtualizada y desfragmentada a la vez. Esto quiere decir, que por lado tenemos acceso a más datos, pero por otro también hay mucho material de confiabilidad dudosa.
El resultado de ello, es la banalización de ciertas psicopatologías, que deriva en evaluaciones clínicas erróneas, o excesivas.  A la par, se minimiza determinados cuadros, y se debilita la línea entre lo “normal” y lo “psicopatológico”. No me voy a referir al concepto de “normal” porque daría lugar a un capítulo aparte.
No podemos tomar simplemente un personaje de ficción, y colocarle el rótulo de “fóbico social”, por sus excentricidades, las cuales hacen del mismo un sujeto adorable, sumado a la ausencia de algunas características propias del trastorno de ansiedad que se le adjudica. Porque con ello, corremos el riesgo de aplicar ese mismo esquema en personas reales.
Esta forma sintética de evaluar este espectro tan amplio, como es la personalidad humana, conlleva a diagnósticos equivocados, simplistas, y prejuiciosos de no solo personajes de ficción sino de personalidades conocidas, a partir del recorte sistemático de sus biografías, inclusive post mortem.
Finalmente, quiero agregar un par de ejemplos para no caer en los estereotipos. Un niño no es “antisocial”, porque no tenga demasiados amigos, y le guste estar más en la casa que en el colegio, leyendo libros. No todos aquellos considerados, a lo largo de la historia, “genios” o “visionarios” sufrían algún trastorno, como así no todas las personas diagnosticadas con autismo, tienen una inteligencia superior a la media o se comportan como el protagonista del film Rain Man. Si un joven es tímido, introvertido y apasionado por la tecnología, no necesariamente presenta una fobia social o cualquier tipo de psicopatología. De igual manera, no todos los artistas plásticos excéntricos, entran dentro de un cuadro clínico. Un mal diagnóstico es similar a recetar un remedio equivocado. La diversidad no debe ser vista como un signo de anomalía.

Ilustración: Pinterest

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