Voyage

Leer a Cortázar era entrar en otro mundo, uno desconocido y colmado de palabras, pero también de imágenes. Una invitación a viajar sin pasaje, a esa París lejana e inalcanzable, que tal vez nunca conoceremos. Ver a Oliviera ingresar a ese teatro, imaginarlo empapado, huyendo de la lluvia, para convertirse en el héroe de la sala, frente a esa pianista desdibujada por el tiempo. Trae a la mente el recuerdo, de las tantas veces que buscando un refugio o una vía de escape, culminabamos en la sala de alguna charla académica imprevista, transformándonos en una especie de “Juana de Arco”, salvando de las brasas de la ausencia al orador de turno. Y de repente, nos encontramos pidiéndole disculpas al escritor, por la vaga lectura, por huir entre bambalinas a este mundo, al nuestro, el de todos los días. Para ver a los fantasmas desaparecer a la par que los terrones de azúcar se disolvían en el café de la madrugada. Esa pausa permitida, para alimentar a la demandante ansiedad, fiera atada y amordazada, a través de las migajas de nuestros miedos cotidianos.

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