Instantané

Crecer era un poco morir, en ese intento furioso y desgarrado, de consumir cada gota de la miel de la vida. Dejar de ser pequeño, desde nuestro refugio lejano. Como una sútil hoja que tentada por el viento huye de su árbol nativo hacia nuevos horizontes. Pero la ingrata naturaleza decide que su destino es allí, atada a él, sin poder volver a volar, haciéndose diminuta por el desgaste del tiempo. Crecer era dolor, dolor en los huesos. Una invitación a ser visible, en un mundo invisible para algunos. Crecer era un disfraz, una falsa quimera sobre la libertad. Un sorbo amargo de la más pura realidad. Crecer era una declaración del cuerpo como finito y de la mente, como infinita.

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