“Une mer de petits feux”

Él envidiaba a aquéllos que por esas cosas de la vida, aún no habían tenido el placer de disfrutar el Don Quijote. Llegaba con una sonrisa abrochada, y su pequeño libro de Ray Bradbury, maltrecho y escarbado, seña particular de su perfil de gran lector. Comparado con mi copia de Fahrenheit 451, pulcra y prolija de “la raíz a la médula”, casi al borde de un TOC. Con el tiempo entendí, que torcer sus páginas y poblarlos de vejez, también era una forma de amar a los libros. Como si ellos necesitarán que uno los despeinarán, puesto que las historias se escriben caprichosas y arrugadas, similares a las de la vida misma. El placer de pasear por sus hojas, y de congelar mágicamente sus personajes durante una pausa. Ese manjar de los mortales, ese pasaje de la ignorancia al conocimiento, de la duda a la certeza, y de la indiferencia al asombro.
Aquel personaje pintoresco, que alegraba nuestros momentos de clase, como dice una vieja canción, un día se bebió de golpe todas las estrellas. Tal vez, arriba necesitaban un profe, o se habían quedado sin risas. ¡Hasta luego querido profesor! Porque por aquí abajo, simplemente, “somos un mar de fueguitos”.

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