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Les objets perdus

Si bien el universo tecnológico a dado pasos agigantados, no ha sucedido lo mismo con los valores humanos. Aunque estamos conformes con nuestro querido smartphone, hay un dejo de vacío. A raíz de ello, existe una tendencia a “volver a las fuentes”. Es decir, regresar a nuestros orígenes. Al contacto con la naturaleza, y con el mundo de los objetos, pero desde otra mirada, una más añeja.
Un ejemplo, es la deliciosa postal que nos brinda un joven paseando en una bici anticuada, con un reloj de agujas en su muñeca. En algún momento, el mundo fue un lugar mucho más sencillo que el actual. Tal vez porque no existían tantos ” pequeños mundos”. Una bici era sencillamente eso, una bicicleta, que podía ser el mejor regalo de cumpleaños o la herencia de un hermano mayor. No existía tantos accesorios sobre el mismo objeto, o tantos instructivos, mandatos, selfies, redes sociales…
Los celulares se transformaron en un péndulo hipnótico, y en nuestro archienemigo. Por consiguiente, dejamos de mirar las estrellas. Y aunque suene poético, es una penosa realidad. Ya no dirijimos la mirada ni al cielo ni hacia nuestro alrededor.
Es paradójico, porque sentimos que estamos más conectados, sin embargo, la burbuja aislante creció en todas sus dimensiones.
Para la generación que nació sin Internet, con un reloj de agujas en su muñeca, y un walkman en su mano, le es difícil mantener su fidelidad a la misma, en mundo tan cambiante.
Hace un tiempo leí un pequeño libro de Paul Auster, llamado: “La Historia de Mi Maquina de Escribir”. Es un libro verdaderamente diminuto en cuanto a hojas, pero una experiencia amena sobre el mundo de los objetos perdidos. Y un icono de él, es precisamente nuestra adorada máquina de escribir. Es extraño, pero he llegado leer por ahí que hay madres que le han tenido que explicar a sus hijos de qué se trata este artefacto.
Ahora si has pertenecido a esa generación de la cual hablaba, debes haber tenido una, o alguien de tu familia seguro la tuvo.
Aun conservo la mía, con sus teclas algo oxidadas, y repletas de historias. No era tan bonita como la de Paul Auster, pero era mía, y estaba orgullosa de ella.
Era un bien preciado, y una herencia de mi tía. Obstentaba un carácter difícil, debido a que no funcionaba muy bien el espacio, por lo cual cada tres pasitos saltaba como rana ansiosa.
Al principio era una herramienta básica para los trabajos de la facultad. Eso sí, había que tenerle una infinita paciencia y amor, para borrar cuidadosamente las letras repetidas en cada salto.
Con el tiempo se transformó en una amiga y confidente, de las tardes veraniegas. Durante esas pausas, fue una invitación a la escritura, y una inspiración para mis pequeños poemas.
Ella era algo más que una colección de teclas oxidadas, y caprichosas. Fue un refugio para crear, y despegar las alas.
En definitiva, todos tenemos algún objeto perdido en la nostalgia, que siempre podemos rescatar a partir de nuestra memoria emotiva, y abrazarlo. Para conectarnos con ese mundo simple, en el cual alguna vez vivimos.

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De entre todas las cosas II

Este poema lo escribí hace mucho tiempo, para alguien muy especial, que siempre estará en mi corazón.

Me gusta el brillar de la mañana,
las pausas con aroma café,
la brisa de primavera
con sus fragancias.
El jugar de los cachorros,
la risa de los niños,
la sabiduría de los ancianos.
La madrugada callada,
los noches frías de invierno.
Los desafíos cotidianos,
la rebeldía con y sin causa.
Las historias de amor truncadas
con finales felices,
la ternura contenida
de un beso en la frente,
que ames con locura.
Pero lo que más me gusta
entre todas las cosas,
es amarte.

In Memoriam

leo
Un par de copas casi besándose, un par de pocillos unidos en un abrazo…Hoy todo par duele, entre muchas otras cosas. Duele amanecer, respirar, el latir del corazón…El reflejo de una sola sombra, cuando antes eran dos. Las pequeñas cosas de tu vida encerradas en una caja. Me pregunto si alguien alguna vez, entre lágrimas, guardará en una también las mías.
Una voz de un audio, un video de un par de segundos, una foto desprolijada tomada al azar…Diminutas piezas de un rompecabezas, pero que juntas no dicen nada de ti, de tus abrazos, de tu sonrisa, de tu mirada…Duele que el mundo siga de pie, mientras ya no estás en él. Duele los sueños, las promesas, los códigos, los secretos, los recuerdos recientes…duele amarte tanto…Como me gustaría subirme a una estrella y robarte un ratito del cielo.

“Y el señor conejo le dijo al sombrero loco: ¿Bailamos?

El sombrero le respondió: ¿Y qué nos juzguen de locos?

A lo que el señor conejo le respondió: ¿Usted conoce cuerdos felices?

El sombrero loco, le miró, sonrió y agarrando al señor conejo, murmuró: Tiene razón, bailemos”.

Alicia en el País de las Maravillas. Lewis Carroll

Bohême

A veces él la sorprendía dando pasos de baile, o hablando en soledad, como ensayando una pieza de teatro. Al llegar el verano la casa abría sus pulmones con el aire fresco proveniente de la huerta, y de aquel pequeño tesoro, el limonero. En invierno, el aroma a leña se hacía presente. Ella tejía historias al lado del fuego, mientras él se escondía en la lectura. No es fácil escribir sobre estos dos. Tampoco lo es, revivirlos en mi memoria. Aun escucho su eterno violín, medio desentonado y vagabundo, con algunas notas más claras que otras. No se puede culpar a alguien de soñar despierto y a toda hora. Este amor extraño, como ellos. Mitad bohemio, mitad divagante. Después de todo, no es así el amor? La razón de ser de uno, la razón de ser del otro. Quizás como lo definiría ella: “Mi derecho, mi revés…” Aun siento el crujir de la madera, subiendo los escalones oxidados de pasos, hoy tan lejanos como ancianos. Me poso sobre uno de los vidrios de los ventanales, tratando de imaginar que miraban sus ojos desde allí, miraban? Algunos alegan que eran de aquellos que miraban sin mirar. No es una contradicción, allí donde tal vez no había nada, ella veía un mundo, una forma, un color, un animal salido de un cuento. Y en ese cuento, él estaba, como en todos los de ella. Era un personaje más o el principal de su historia o la de los dos. Existen amores como esos? Tan locos, tan profundos, que si los dejas sueltos en el aire, puede que transformen el mundo.

“Une mer de petits feux”

Él envidiaba a aquéllos que por esas cosas de la vida, aún no habían tenido el placer de disfrutar el Don Quijote. Llegaba con una sonrisa abrochada, y su pequeño libro de Ray Bradbury, maltrecho y escarbado, seña particular de su perfil de gran lector. Comparado con mi copia de Fahrenheit 451, pulcra y prolija de “la raíz a la médula”, casi al borde de un TOC. Con el tiempo entendí, que torcer sus páginas y poblarlos de vejez, también era una forma de amar a los libros. Como si ellos necesitarán que uno los despeinarán, puesto que las historias se escriben caprichosas y arrugadas, similares a las de la vida misma. El placer de pasear por sus hojas, y de congelar mágicamente sus personajes durante una pausa. Ese manjar de los mortales, ese pasaje de la ignorancia al conocimiento, de la duda a la certeza, y de la indiferencia al asombro.
Aquel personaje pintoresco, que alegraba nuestros momentos de clase, como dice una vieja canción, un día se bebió de golpe todas las estrellas. Tal vez, arriba necesitaban un profe, o se habían quedado sin risas. ¡Hasta luego querido profesor! Porque por aquí abajo, simplemente, “somos un mar de fueguitos”.

Instantané

Crecer era un poco morir, en ese intento furioso y desgarrado, de consumir cada gota de la miel de la vida. Dejar de ser pequeño, desde nuestro refugio lejano. Como una sútil hoja que tentada por el viento huye de su árbol nativo hacia nuevos horizontes. Pero la ingrata naturaleza decide que su destino es allí, atada a él, sin poder volver a volar, haciéndose diminuta por el desgaste del tiempo. Crecer era dolor, dolor en los huesos. Una invitación a ser visible, en un mundo invisible para algunos. Crecer era un disfraz, una falsa quimera sobre la libertad. Un sorbo amargo de la más pura realidad. Crecer era una declaración del cuerpo como finito y de la mente, como infinita.