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Entre juguetes y monigotes II

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En el mes aniversario del blog, quería volver a postear la primera entrada que publiqué en mi pequeño rincón en el 2008.

Recuerdo lo difícil que era ser maestra en esos tiempos, teníamos que estar a cargo de cuatro osos, una jirafa loca, una tortuga, y…uno “indefinido”, nunca supimos si aquél muñeco todo peludo era un perro o un conejo, en fin, esas cosas de muñecos. Un libro de cuentos para cada uno, y ya está, había dado comienzo a la clase del día. Todos querían hablar al mismo tiempo, como maestra una debía poner orden a los gritos. Por supuesto, había que corregir miles de hojas con ese marcador grandote y bien rojo.
En nuestro pequeño mundo mágico e infantil, ser aquello que deseábamos, era tan fácil como abrir y cerrar los ojos. De repente nos invadió el bichito de la ciencia, en una oportunidad quisimos ser científicos y nos empezó a intrigar por qué Susanita, esa muñeca tan coqueta, cantaba tan bien y tantas canciones a la vez. Así fue que le practicamos una intervención quirúrgica, entonces, nació nuestro primer invento, sí un mini tocadiscos, ¿se imaginan? Eso sí, a la pobre Susanita le quedó un lindo agujero en su espalda, era una herida menor, nada que no se pudiera curar con un par mimos y besos. Pues, era así como se curaban todas nuestras nanas.
Pero la ciencia, no fue suficiente para nosotros, así que probamos ser banqueros, si hay algo que nos llamaba la atención cuando acompañábamos a nuestros padres al banco, era ese sonido producido por el golpetear del sello contra numerosos papeles. Algo que queríamos repetir, por lo cual, buscamos un objeto bien pesado para que nos hiciera de sello, miles de papeles de revista, y una vieja caja de cartón plagada de juguetes, haciéndonos de escritorio, que se encontraba detrás de la puerta de nuestro dormitorio. Todo estaba listo, un lápiz para hacer garabatos, porque por aquél entonces escribíamos en una lengua “no conocida”, por decirlo de algún modo. Nuestra imperiosa necesidad de hacernos entender frente al mundo de los adultos, nos llevó a buscar traductores, uno de ellos fue nuestro hermano mayor, que ya sabía leer y escribir. Pero como era un traductor sin sueldo, pronto se cansaba, y nos decía: “ya van a aprender a escribir”.
Todo era tan distinto, una vieja frazada colgada sobre la rama de aquél árbol de la abuela nos servía de carpa para jugar al campamento. Nuestra casita preferida era debajo de la mesa, allí teníamos a la mini cocina, el juego de té, y siempre había alguna amiga a quien invitar.
Nos gustaba patinar, pero nuestros patines eran de trapo y la pista de patinaje, no era precisamente de hielo sino de parket. Pero ello no importaba, lo importante era jugar.
Un día, decidimos ser artistas, y decoramos con nuestro arte aquella pared tan blanca que había pintado papá con mucho cariño. Nada mejor que miles de monigotes, hechos con crayones de diferentes colores, para darle vida a esa pared. Pero a veces los grandes, no entiende mucho de arte.

Así entre juguetes y monigotes crecimos. Al llegar a adultos, a veces nos colocamos un traje gris y dejamos de jugar, de reírnos de nosotros, de ser espontáneos. Es entonces, cuando debemos buscar ese niño que todos tenemos en nuestro interior para volver a sonreír. Y aunque ya somos grandes podemos seguir jugando. Lo importante es no dejar de soñar, porque de eso se trata la vida.

Ilustración by La Musa Adormecida

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El oso celoso

De repente, me encontré perdido en un mundo que no conocía. Solía mirarme en el espejo, y gritar: ¡quiero sacarme este moño ajustado!,como si alguien me fuera a escuchar.
Compartir la habitación con un millar de muñecos, no me hacía feliz, me sentía poco importante, uno más del montón, que de vez en cuando recibía una caricia.
Ya nadie me abrazaba, claro, existían otros osos más grandes que yo. A veces, las personas necesitan abrazos enormes,y como mis brazos eran pequeños, solo podían ofrecer abrazacitos.
Nadie me oía, todos andaban siempre ocupados, salían y entraban del cuarto, y ahí estaba, solo en esa enorme repisa.
Ya no era invitado a tomar el té, a subirme a la mochila a dar un paseo por la ciudad,o a sentarme en la hamaca de la plaza. El sol, pasó a ser un desconocido para mí.
Mi casa era muy hermosa, contaba con grandes ventanas, por las cuales llegaba hasta mi hocico,el suave aroma de las flores del jardín.Pero, ya rara vez salía de mi cuarto.
Hasta que un día, leí un libro sobre un bosque encantado donde los deseos se cumplían, pero uno debía pasar toda una noche en él.Quise conocerlo, así que, recogí un par de galletas recién horneadas, frutas,y algunos trapos viejos.
Luego de una larga caminata, por fin llegué al bosque, guiado por el mapa que se haya dentro del libro. Al llegar la noche, sentí frío, y hambre, las galletas no eran suficiente alimento para mi panza, ni siquiera las frutas.Pronto, me dio sueño,entonces, junté un par de ramas, y con mis trapos, preparé mi cama. Pero, por más que quería cerrar mis ojos, el ruido del viento, de los pájaros, y los aullidos lejanos, no me dejaban dormir. Sentí miedo, era la primera vez que estaba lejos de mi casa y solo. La sombra de los árboles parecía tomar vida acorralándome. Tenía que ser valiente, había ido hasta allí para pedir un deseo:volver a tener los abrazos de Zoe, la niña más dulce que conocí.
Finalmente me dormí.Al llegar el amanecer, regresé a mi hogar, a la repisa, junto a los muñecos, pero cuando quise subir, unas manos me sujetaron y sentí un fuerte abrazo. Incliné mi cabeza,miré hacia arriba, y pude ver la carita de Zoe, estaba muy feliz de haberme encontrado, me contó en secreto, que me estuvo buscando toda la noche. Además me confesó, que por más que tenga muchos pero muchos osos, siempre me iba a querer, por lo tanto,no debía estar celoso. Ese día volví a ver el sol,a tomar el té con Zoe y a tener sus abrazos. Mi deseo se había cumplido.Ilustración: Shrimp By yo amo music

El día que el cielo se acercó a la Tierra

Él quería llegar a las estrellas, e intento todo por cumplir su meta. Una vez le habían regalado un libro con hermosas ilustraciones de lunas gigantes y estrellas con hermosas mejillas rosadas,se llamaba:”Las estrellitas del cielo están de cumpleaños”. Nadie sabía bien por qué Tomás, se había obsesionado tanto con ellas. Se lo veía a menudo trepado de los árboles, y estirando una de sus manos como para tocarlas,obviamente sus intentos eran frustrados, pero él era tenaz y decidido.Hasta buscó información en los adultos de la familia,sobre cómo llegar a ser un astronauta,claro, que le falta crecer un poco,y tomar bastante sopa,ya que todavía era muy pequeño. Un día colocó sobre una pared, por afuera de su casa, una escalera bien alta, hasta el techo y cuando estaba por llegar al último escalón,se dio un tropezón y cayó sobre sus muñecos de peluches, que andaban alborotados por el piso del jardín.El colmo del imperioso deseo de Tomás fue construir un cohete, para ello, juntó muchas latas, maderas, tornillos,y un viejo volante de auto. Estuvo días trabajando en él, hasta finalizar su construcción.
Por supuesto, que por mucho esfuerzo y esmero que colocará en su invento, no iba a llegar a ningún lugar del planeta con el mismo,menos hacia el espacio. Sin embargo,una vez terminada su obra, esperó al anochecer, y se dirigió hacia su cohete improvisado e instalado en el jardín,se sentó en su pequeña sillita, que se alojaba dentro del mismo,y cerró su puerta de lata, e hizo un amague como queriendo encender los motores,y dio un par de volantazos.Esa noche se acercó al cielo, visitó y jugó con las estrellas, hasta conversó con ellas.De repente escuchó una especie de sonido, similar al golpeteo entre latas, abrió los ojos, y estaba Jazmín su hermana, preguntándole qué hacía metido en esa lata gigante, a lo que Tomás con una sonrisa le respondió: “estuve en el cielo visitando las estrellas”. Claro, era solo un sueño, pero para Tomás en su mundo de fantasías había realizado un viaje maravilloso al espacio, en un abrir y cerrar de ojos. Recordó ese día, como aquel en el cual el cielo se acercó a la Tierra.

Ilustración:Goodbye my space boy love by Meluseena

El circo de la risa


A punto de llegar,ya se escuchaba el altavoz que provenía de una pequeña camioneta antigua que iba recorriendo las calles, anunciando: “El Circo Mágico está arribando a la ciudad, no te lo podes perder!!, miles de malabaristas en escena,… animales de todas las especies,.. magos increíbles,…y divertite con las travesuras de nuestros payasos!!”
Aquél circo, era muy especial, ningún niño que lo visitará se podría olvidar de él. En sus comienzos, transitaba por cada pueblo,y aldea de la zona, hasta que se hizo famoso, fue entonces cuando apostó por la gran ciudad. No le llegó la fama de imprevisto, sino por alguien en particular, nada menos que por uno de sus payasos, más precisamente Mandarín, llamado así porque que cargaba sobre su cabeza una peluca toda llena de rulos y anaranjada como una mandarina. Cada vez que hacía su show, el circo se llenaba de risas por doquier, fue así como de llamarse El Circo Mágico, pasó a denominarse, por el público,EL Circo de la Risa.
Pero, un día el payaso más conocido, dejo de reír, sus ojos se inundaron de cierta melancolía,y en vez de pintarse en su rostro una carita sonriente, se dibujó una haciendo “puchero”. Todos los integrantes del circo, estaba muy preocupados, ni hablar los del sindicato de payasos, que de inmediato presentaron sus quejas al mismo, alegando que un payaso que no sonríe no puede pertenecer al gremio de los payasos, dicho esto, le sacaron a Mandarín su carnet payasezco. Esto provocó que nuestro payaso se sintiera aun más triste.
Los animales también se preocuparon al respecto,hasta hicieron un casting para reemplazar al payaso, y entre otros, la hiena fue elegida en el rubro de “risa fácil”. Agotados de pensar, se dijeron: “Mm, ninguno de nosotros puede reemplazar al payaso, lo mejor que podemos hacer es tratar de entre todos devolverle su sonrisa”. Entonces, llamaron a los reidores más conocidos, a los contadores de cuentos, y los mismos animales también le contaban chistes. Uno de ellos fue el león, pero este era muy narcisista y orgulloso, y se reía de sus propios chistes. Tales es así, que al termina su relato frente al payaso,solo se echo a reír, y al abrir su gran bocota con sus inmensos dientes, al pobre Mandarín en vez de darle risa le dio un desmayo. Luego probó el oso con sus chistes, pero al finalizar su historia, también comenzó a reírse solo y le dio un manotazo al payaso para animarlo, que lejos de sacarle una sonrisa, provocó que le dieran seis puntos en su nariz de payaso.
A pesar de todos los esfuerzos, su sonrisa seguía sin aparecer.Hasta que a Gasparín, el mono acróbata del circo, se le ocurrió una maravillosa idea, conseguirle una payasa. Así fue, que viajaron todos los animales, de circo en circo buscando una, hasta finalmente la encontraron. Se llamaba Filomena, y también se caracterizaba por hacer reír a miles de niños. De regreso al circo,encontraron al payaso con su cara de puchero sentado en un rincón, entonces la payasa sin emitir palabra, se sentó junto a él, y Mandarín empezó a reírse a carcajadas y todos a sus alrededor se contagiaron de su risa.
Y colorín, colorado, esta historia de payasos se ha terminado.

El león que alcanzó la luna


En ciertas ocasiones el amor es ciego, pero en otras, nos coloca una gruesa venda en nuestros ojos para que no lo veamos. En busca de él, un día Luna partió, se subió a un tren, para dejar atrás su pueblo natal, pensando que nunca más volvería a verlo, no por falta de cariño, sino porque creía que allí jamás iba a encontrar al amor de su vida.Armó su maleta antes del amanecer, y dejo una carta debajo del felpudo de la puerta entrada de la casa de León, su amigo fiel de su infancia,con el cual estaba acostumbrada a dejarse notas y cartas de esa manera.
Un vez en la estación, ingresó a uno de los vagones,y sin pensarlo se sentó en el asiento vacío más cercano. Miró a su alrededor, ningún rostro le era familiar. “Tal vez entre ellos esté mi amor”, se dijo a sí misma, pero ninguna mirada se dirigió a Luna, cada pasajero estaba demasiado sumergido en sus preocupaciones,cansada recostó su rostro sobre el vidrio de la ventanilla, como para mirar el paisaje.
A medida que el tren se disponía a ponerse en marcha, veía con un dejo de tristeza, como las parejas se despedían en la estación. Sentía que había visto el amor demasiadas veces al igual que en una vidriera, como algo inalcanzable y lejano. No lo había encontrado en aquellas cartas de desconocidos, que solía responder como un pasatiempo, pero siempre con la esperanza en alto, de hallar en algunas de ellas el hombre que cambiaría su vida. ¿Por qué la felicidad no llegaba?,¿qué había de oscuro en su corazón para que nadie se enamorará de él?,miles de veces aparecían en su mente tales preguntas.
Sin embargo,Luna era una muchacha muy dulce, de contextura pequeña,de hermosa cabellera,que escondía su cuerpo en largos vestidos.Sus padres la habían llamado Luna, porque cuando era pequeña, su rostro era redondito y radiante como el de la luna.Lo cierto, es que se había vuelto una persona inalcanzable como el mismo astro, a raíz de su intensa búsqueda de su amor verdadero. Esta hizo que se fuera encerrando en su propia burbuja de fantasías y viejas quimeras de nobles caballeros, portando largas espadas y rescatando a princesas en altos castillos.
Sentada en el tren,de pronto le vino a su mente las viejas conversaciones con León, la paz que él le había transmitido en todas ellas,su sentido del humor, su mirada tierna y su sinceridad.Claro que él no se parecía en nada a sus caballeros de su imaginación; era un hombre sencillo, no precisamente esbelto,ni valiente, ni poseía riquezas, pero si un corazón enorme,el mismo se encontraba perdidamente enamorado de Luna. Solo que la cobardía lo invadía cada vez que quería sacar sus sentimientos a la superficie.
Al oír el silbato, que anunciaba la partida del tren, se levantó de golpe de su asiento,cargo su maleta y llevada por un impulso repentino, se dirigió a la puerta más cercana y se bajó del tren. Se preguntó:”¿qué estoy haciendo?”, caminó un par de pasos hacia la multitud que se aproximaba desde calle,la cual se fue disipando lentamente.De pronto creyó reconocer la figura de un hombre que se aproximaba hacia ella, pero la luz del sol sobre su frente, no la dejaba ver de quien se trataba,pronto los rayos solares la abandonaron, y vio su rostro. Era León, al verse, a ambos se les dibujó una sonrisa, y sin darse cuenta se encontraron unidos en un abrazo,al cual les prosiguió un fuerte beso,luego se miraron un momento, y simplemente con los ojos se dijeron todo.
A veces no hay que emprender un largo viaje para encontrar al verdadero amor.

Cuentos de chicos para grandes (II)

SOBRE UN TAL ELEFANTE ROSA

Seguramente, pensarán que esta es la historia de cierto animal con orejas enormes y una trompa larga hasta el suelo, además de color rosa, un color peculiar para un elefante no?. Pero este cuento, se trata, nada menos que de una familia, que vivía muy feliz, sin grandes preocupaciones. Y estaba integrada por Juan y Lucía que eran los padres de una hermosa niña llamada Ana.
Juan, el papá de Ana, trabajaba en un banco y Lucía era ama de casa. Ana era una niña, muy inteligente y vivaz, que no parecía caminar sino saltar, similar a un pequeño saltamonte. Pero por su ternura, alegaría que se asemejaba más a un dulce bichito de luz. Aún en la oscuridad, se podía ver sus ojitos grandes y brillantes. Llevaba sobre sus hombros una larga cabellera negra azabache, pero su carita, era blanca como la nieve, apenas coloreada por el rubor de sus grandotas mejillas.
Compartían con la mamá, el mismo gusto por la repostería, sí, cocinaban ricos pasteles y tortas, y también galletitas con formas divertidas y con dulce en el medio. La cocina de la casa de Ana, era bien iluminada, contaba con una gran ventana que daba al patio. Al entrar en ella un podía percibir una variedad de aromas como el de agua de azhar, esencia de vainilla y flores frescas.
A la mamá de Ana, le gustaba muchos la jardinería, había cientos de plantas y flores en su jardín, azucenas, violetas, rosas, crisantemos…Ana era admiradora de los jazmines, cada vez que salía un jazmín de la planta, corría a verlo y a percibir su agradable perfume.
La casa no era enorme, pero muy acogedora, uno sentía el calorcito de hogar. Contaba con dos dormitorios, un living, un pequeño comedor, la cocina y el jardín.
Todo parecía normal y tranquilo en esta familia, hasta que una ocasión sucedió un hecho, que nos hizó pensar que algo estaba pasando en la familia de Ana.
Un día, en la escuela, la maestra de Ana, les pidió que realizarán una redacción acerca de la granja, debido a que hacía sólo dos semanas, había podido visitar una, luego tendría que efectuar un dibujo de la misma, integrando a todos los animales que habitan en ella.
Los chicos estaban muy entusiasmados con la tarea, sacaron enseguida, punta a sus lapices de colores, y pusieron manos a la obra. Ana, escribió una brillante redacción, pero cuando se acercó la maestra para ver el dibujo que había hecho, sus ojos parecieron, por un instante, atraversar sus gruesos lentes, no podía creer lo que vió. Ana, había dibujado, la granja y varios animales: una gallina y sus pollitos, una vaca, un ternero, varios pajaritos posados sobre tupidos arboles, pero en su dibujo agregó un animal que no pertenecía precisamente a una granja Había dibujado un elefante rosa,-” ¡Un elefante rosa!” -habría exclamado la maestra estupefacta, Ana le explicó que si bien ella sabía que no había elefantes rosas en la granja, le había resultado simpático y divertido incorporar uno a su ilustración. La maestra frunció el seño, y sacó del bosillo de su guardapolvo una fibra roja, y escribió sobre el cuaderno de Ana, con letras enormes, que no había respondido a la consigna.
De pronto, aquél elefante rosa, comenzó aparecer en varios trabajos de Ana, en la clase de música, inventó una canción que versaba sobre él, en la de plástica, realizó un muñeco de cerámica que representaba un elefante rosa, a la hora del recreo dibujó sobre la pared del patio…, bueno, ustedes ya se imaginarán no?. La maestra preguntaba:” 6×4 es =? “y Ana en vez de responder: 24, decía es igual “un elefante rosa”.
De acuerdo, coincidó con ustedes, que tal vez exageré un poquito al contar la historia de Ana. Pero realmente, el elefante rosa, aparecía bastante seguido en su vida por ese entonces, y había un motivo, que todavía nadie lo conocía, ni lo sospecha.
Obviamente, la maestra, asombrada por el comportamiento de Ana, convocó a una reunión de maestros, psicologos, psicopedagogos, médicos, y demás facultativos a quienes se pudieron consultar sobre el tema. Además, obviamente, se citó a los padres, que poco entendían que estaba pasando con Ana.
Los maestros, coincidieron, en que niña tenía un pequeño problema de atención, los médicos, dijeron que o tenía una gran imaginación o era daltónica, porque los elefantes no son rosas sino son grises, los psicopedagogos determinaron que era un problema de aprendizaje, que tal vez la maestra no estaba motivando demasiado a Ana para que no se dispersará en la clase. Los psicologos, sostuvieron que padecía una obsesión con los elefantes, debido a la batería de test, y pruebas realizadas. Por ejemplo, cuando se le pidió que dibujará a su flia, la niña, dibujó a su papá, a su mamá, a ella y a quién más? , sí , al tal elefante rosa.
Todos hablaban al mismo tiempo, sin entenderse, ni escucharse, por supuesto, que no llegaba a ningún acuerdo sobre el tema.
Entre tanto alboroto, le llegó el turno a los padres de Ana, de dar su opinión, la mamá siempre había sido muy comprensiva con su pequeña, por lo que alegó que su hija sentía un enorme aprecio por los animales y lo traducía en sus dibujos. El papá de Ana, daba la impresión de no estar precisamente escuchando con atención a Lucía, por lo que replicó al comentario de su esposa : “siempre te digo que esa niña mira demasiada televisión”. Lucía, seguía hablando sin dar demasiada importancia y ni oído, a las palabras de su esposo. -”Ana es un niña muy inteligente, y creativa, y como todo los niños de su edad, suele inventar amigos imaginarios”. De repente, sin saberlo, el papá de Ana, iba a arrojar luz sobre el problema en cuestión, cuando pronunció: -”y vino un elefante a casa, te lo había dicho Lucía no?, si era de color rosa, y estuvimos mirando la televisión, hasta que se cansó y se fue”-. Lucía seguía hablando, mientras el grupo de facultativos y maestros se encontraba boquiabiertos; Juan solía ironizar cuando en más de una oportunidad, no lograba que su esposa escuchará alguna palabra que él pronunciaba, entonces inventaba historias relacionadas con un elefante rosa, con el objetivo de acaparar la atención de su esposa. Lucía y Juan, no tenía una buena comunicación, a veces oír no implicaba precisamente escuchar. Estaban tan acostumbrados a esa rutina, de hablar los dos al mismo tiempo, sin prestar demasiada atención en las palabras que se decían. Pero, no se habían percatado, que siempre se encontraba un testigo silencioso, Ana, que sí los escuchaba, y al oír hablar tanto sobre ese elefante rosa, lo había incorporado a su flia y a su vida.
Ana, les estaba haciendo un llamado de atención a sus padres. Juan y Lucía, comenzaron a entender que debía aprender a conversar, sabía que era un aprendizaje, pero sentían demasiado amor uno por el otro y por Ana, como para que todo les resultará más fácil.
Ustedes, se preguntará y qué pasó con el elefante rosa? Nuestro amigo, fue desapareciendo en la medida, que el diálogo entre los papás de Ana se hizó más fluído.

La palabra de los adultos, tiene una relevancia muy significativa, para los niños, más aún si esa palabra proviene de los padres, quienes son los primeros referentes. Debemos comprender que la comunicación no corre en un solo sentido, sino que es bidireccional, enviamos un mensaje a nuestro destinario, y el mismo, a su vez, nos enviará una respuesta que llegará a nuestros oídos, y la procesaremos, para luego brindarle nosotros nuestra respuesta. Es el circuito simple de la comunicación humana. Aprender a escucharnos es fundamental para entablar una buena comunicación.
Somos los modelos para que nuestros hijos aprendan en futuro a tener un buen diálogo con sus pares. Dialoguemos con ellos, para que no aparecezca en nuestra familia ningún elefante rosa.

Cuentos de chicos para grandes (I)


ENTRE JUGUETES Y MONIGOTES

Recuerdo lo difícil que era ser maestra en esos tiempos, teníamos que estar a cargo de cuatro osos, una jirafa loca, una tortuga, y…uno “indefinido”, nunca supimos si aquél muñeco todo peludo era un perro o un conejo, en fin, esas cosas de muñecos. Un libro de cuentos para cada uno, y ya está, había dado comienzo a la clase del día. Todos querían hablar al mismo tiempo, como maestra una debía poner orden a los gritos. Por supuesto, había que corregir miles de hojas con ese marcador grandote y bien rojo.
En nuestro pequeño mundo mágico e infantil, ser aquello que deseábamos, era tan fácil como abrir y cerrar los ojos. De repente nos invadió el bichito de la ciencia, en una oportunidad quisimos ser científicos y nos empezó a intrigar, por qué Susanita, esa muñeca tan coqueta cantaba tan bien y tantas canciones a la vez. Así fue que le practicamos una intervención quirúrgica, entonces, nació nuestro primer invento, si un mini tocadiscos, ¿se imaginan?. Eso sí, a la pobre Susanita, le quedó un lindo agujero en su espalda, era una herida menor, nada que no se pudiera curar con un par mimos y besos. Pues, era así como se curaban todas nuestras nanas.
Pero la ciencia, no fue suficiente para nosotros, así que probamos ser banqueros, si hay algo que nos llamaba la atención, cuando acompañábamos a nuestros padres al banco, era ese sonido producido por el golpetear del sello contra numerosos papeles. Algo que queríamos repetir, por lo cual, buscamos un objeto bien pesado para que nos hiciera de sello, miles de papeles de revista, y una vieja caja de cartón plagada de juguetes, haciéndonos de escritorio, que se encontraba detrás de la puerta de nuestro dormitorio. Todo estaba listo, un lápiz para hacer garabatos, porque por aquél entonces, escribimos en una lengua “no conocida”, por decirlo de algún modo. Nuestra imperiosa necesidad de hacernos entender frente al mundo de los adultos, nos llevó a buscar traductores, uno de ellos fue nuestro hermano mayor, que ya sabía leer y escribir. Pero como era un traductor sin sueldo, pronto se cansaba, y nos decía: “ya van a aprender a escribir”.
Todo era tan distinto, una vieja frazada colgada sobre la rama de aquél árbol de la abuela, nos servía de carpa, para jugar al campamento. Nuestra casita preferida era debajo de la mesa, allí teníamos a la mini cocina, el juego de té, y siempre había alguna amiga a quien invitar.
Nos gustaba patinar, pero nuestros patines eran de trapo y la pista de patinaje, no era precisamente de hielo sino de parket. Pero ello no importaba, lo importante era jugar.
Un día, decidimos ser artistas, y decoramos con nuestro arte, aquella pared tan blanca que había pintado papá con mucho cariño. Nada mejor que miles de monigotes, hechos con crayones de diferentes colores, para darle vida a esa pared. Pero a veces los grandes, no entiende mucho de arte.

Así entre juguetes y monigotes crecimos. Al llegar a adultos, a veces nos colocamos un traje gris y dejamos de jugar, de reírnos de nosotros, de ser espontáneos. Es entonces, cuando debemos buscar ese niño que todos tenemos en nuestro interior, para volver a sonreír. Y aunque ya somos grandes podemos seguir jugando. Lo importante es no dejar de soñar, porque de eso se trata la vida.

Ilustración by La Musa Adormecida