Archivo de la categoría: My Notes II

“Luces rojas”

Cuando tenía trece años quería ser abogada, impulsada por el hecho que tenía Educación Cívica en el secundario, y amaba las leyes, porque creía que nuestro mundo se vería mejor rodeado de ellas, y ¿quién no desea un “mundo perfecto”? Esta ilusión con el tiempo se fue tambaleando. Empecé a comprender que en dicha profesión, uno podía estar de un lado o del otro, es decir podías defender a un inocente o culpable, con la misma vara, y con las mismas leyes. ¿Cómo ocurría eso? Era simple, los abogados mentían. Hoy por hoy, la justicia sigue siendo imperfecta, porque está hecha por los hombres, y ellos no son perfectos. Sin embargo, debemos seguir creyendo en ella, y apelando a que mejore día a día. Para que la impunidad no paseé por nuestras calles.
El otro día, leía muchos comentarios, consignas y demás, acerca de la violencia de género, un poco confusos. La verdad que ir “contra la corriente” en este período, es nadar en aguas tempestuosas. Vivimos inmersos bajo la bandera de la libertad de expresión e igualdad de derechos, sin embargo, se pisotean unos en favor de otros. Y se silencian las voces más pequeñas. A veces, se parece mucho al “Mundo del Revés”. La violencia se instala en distintos lugares, toma asiento en un colectivo, en una escuela, en una casa, en una playa, en una fiesta, en un trabajo, en un centro comercial, en una vereda, en la esquina, un poco más allá…No hay distinción. Tampoco existen diferencias entre las víctimas y los victimarios, en cuanto al género, religión, raza, ser anciano, niño, o adulto…Entonces, ¿por qué hacemos una protesta a favor de un sector de la sociedad? Hubo un tiempo, en el siglo pasado donde la mujer debía defenderse para acaparar más espacios sociales, y de hecho logró hacerlo. Actualmente, cumple numerosos roles que décadas atrás eran impensados. Pero la “luz roja” que hoy está encendida, no es para defender nuestros derechos solamente o cuestionar si nos educaron bien o mal, sino porque se vive en un clima de inseguridad y de impunidad. Porque tenemos sectores de nuestra sociedad tan enfermos, capaces de realizar los peores actos de crueldad. El psicopata no reconoce género, así como tampoco entre pensamiento y la acción interpone el razonamiento, ni tiene sentimiento de culpa. Necesitamos un Estado más presente, y que realmente hayan mecanismos de control para que los ciudadanos puedan vivir en paz.
Por otro lado, debemos reflexionar mucho sobre los distintos tipos de violencia que se ven todos los días, la que sufre un docente, de un padre o madre por una mala nota a su hijo; la que recibe una niña de sus compañeras, siendo víctima de bullying; los abusos de autoridad dentro del sistema educativo o en el espacio laboral; los derechos violados de los niños de la guerra; etc. Además de la discriminación que padecen las personas discapacitadas cuando deben salir a la calle, en ciudades que cuentan con sus veredas deterioradas, y con rampas ausentes. Los insultos o escraches, dirigidos a la foto de un desconocido, sea niño o adulto, por las redes sociales. Sí, también todo eso es violencia.
El mundo ya se encuentra demasiado dividido para cultivar más segregación en él. Debería haber una marcha pero en contra de cualquier forma de violencia.

La Machine à Poesie

Leí una nota en un diario sobre poesías realizadas por máquinas y sentí un poco de horror, debo reconocerlo. Es como si a un robot se le pidiera que realizara una pintura, introduciéndole parámetros específicos en cuanto a formas, colores, texturas, además de conocimientos en arte, e imágenes de pinturas pertenecientes a distintas corrientes y artistas. Solo deberíamos identificar a qué movimiento deseamos que pertenezca la obra, análogo a colocarle una ficha a una máquina expendedora.
Me acordé del “juego de imitación” de Alan Turing. Este planteaba la idea de que una máquina imitará comportamientos humanos. Si podía hacerlo entonces, se deducía que la máquina pensaba, pero no evaluaba su inteligencia, solo el hecho de poder efectuar una imitación del ser humano. Los críticos veían esto como una falla, porque el comportamiento humano y un comportamiento inteligente no son iguales. No se le pedía a la máquina que resolviera problemas complejos, sino que aparentara ser no demasiado inteligente. Otra variable cuestionada era la del interrogador, del cual no se especificaba que conocimientos debía poseer para ser parte de la prueba. Es interesante hacer un recorrido por los estudios acerca del tema. Pero no quiero extenderme demasiado, sino poner en relieve que el antagonismo máquinas vs humanos no es algo novedoso. Mismo en la película Blade Runner, hace este planteo, y diferencia a las máquinas de los humanos como apáticas y carentes de empatía. Pero en el film, la realidad aparece como una construcción, una imagen fotográfica, que nos lleva a dudar si el personaje principal no es también una “replica”.
Los interrogantes siguen siendo los mismos: ¿Si las máquinas son inteligentes?  ¿Pensar no hace inteligentes? Pero ¿qué es la inteligencia en sí, y qué entendemos por el proceso de pensamiento? Particularmente, creo en una inteligencia artificial, como la capacidad de una máquina programada por un humano para resolver determinados problemas. Ahora bien, quizás deberíamos preguntarnos ¿qué nos hace humanos? En las experiencias con la prueba de Turing, los errores eran precisamente un indicio para confundir al interrogador, y creer que estaba hablando con un humano en vez de con una máquina.
El juego de”tres en línea”, un juego muy común cuando eramos pequeños, tiene la particularidad que nadie gana, siempre hay un empate. Pero, cuando somos niños eso no lo sabemos, estamos concentrados en nuestro juego, y perdemos de vista el del rival, anulando la posibilidad de poder anticipar su próxima jugada. Estos errores no los comete una máquina, porque no tiene “una psiquis”, ni su “razonamiento” está regulado por un pensamiento egocentrista propio de la infancia.
No somos tan racionales como creemos, nos movemos por pasiones, impulsos, y fundamentalmente por “el deseo”, que es el motor de nuestro psiquismo.
Es un eterno problema la intención de pretender categorizar las conductas humanas, porque conlleva a interpretaciones erróneas de acciones propias del ser humano como robóticas o viceversa.
La empatía, tal como planteaba film Blade Runner, no parece ser suficiente como elemento distintivo de humanidad, porque no siempre somos empáticos con el Otro. Nos regimos por normas convencionales, para entender y acceder a una cultura que envuelve a la sociedad dentro de la cual vivimos. ¿Eso no lo haría también un robot, si tuviera la suficiente información? Pero no acatamos literalmente las reglas, a veces las transgredimos, no somos socialmente perfectos en nuestra convivencia. Los conceptos de moral y ética se relativizan. Vivimos dentro de una sociedad donde mentimos para sobrevivir, en la cual la inocencia no tiene lugar, y está destinada a morir cuando nos convertimos en adultos. Las relaciones humanas son complejas, y en ocasiones la pasión domina nuestro razonamiento, y esto hace eco en las fallas comunicacionales actuales. Hablamos la misma lengua, sin embargo no logramos llegar a un entendimiento sano, dejando a la comunicación humana en una especie de “Torre de Babel”.
Podríamos enumerar miles de “errores” humanos, pero en medio de nuestro caos somos creativos e innovadores. El caos y las pasiones nos han permitido de alguna manera evolucionar, romper ciertas estructuras y dar a paso a nuevos paradigmas. Una máquina no puede sentir pasión, fanatismo, no puede mentir para complacer, puede ser solo aquello para lo cual fue programada.
La poesía no puede provenir de frías máquinas, porque su esencia no se basa en una simple combinación de palabras bellas, rimas, analogías y versos, sino en sentimientos netamente humanos. Por ello, no es exclusiva solamente de los poetas prestigiosos, sino de todo ser humano, al igual que el arte y la filosofía.
Inteligencia y pensamiento no son sinónimos de humanidad, por lo tanto que las máquinas sean inteligentes no significan que puedan realizar todas nuestras acciones, pueden imitarnos, y aun así no las hace humanas. Por último, no existen individuos no inteligentes, sino diferentes tipos de inteligencias.

La clínica de la ficción

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Hace unos días atrás leía una nota de una revista, que ilustraba un cuadro psicopatológico, o al menos eso intentaba, en base a un personaje de una película. Acaparó mi atención, porque no es la primera vez que sucede, y no puedo dejar de sentir cierta preocupación. Claro está, que mi exposición en este espacio es siempre basada en una mirada personal.
Tratar de encajar un personaje de ficción dentro de toda una sintomalogía característica de determinados trastornos, me resulta osado. Si bien existen films en lo cuales sus protagonistas evidencian cuadros clínicos manifiestos como: Mejor Imposible, o Psicópata Americano; quién puede negar el trastorno obsesivo compulsivo vivenciado por el actor Jack Nicholson o el claro retrato de un psicópata personificado por Christian Bale.
Considero que cuando los escritores de una película o serie, bosquejan sus personajes, los confeccionan a partir de elementos reales y ficticios, porque de eso se trata el cine o la televisión. La finalidad de estos últimos es precisamente transportarnos ya sea por una o dos horas, a otro lugar, que puede ser real, desconocido o imaginario, pero por lo general, contiene componentes del mundo de la fantasía o de lo onírico. No es casual que se recurran a estos universos, porque ellos enriquecen la historia que se quiere contar.
Recuerdo hace tiempo atrás, me refería a la “peligrosidad” de la categorización y del automatismo de las conductas humanas. Porque para realizar un diagnóstico correcto, hay que evaluar a la persona respetando su individualidad. Si omito este punto, es como, por ejemplo, agarrar un libro de medicina, y buscar una enfermedad que se relacione con una jaqueca crónica. Esto es análogo a encontrar una aguja en un pajar, ya que un dolor de cabeza es solo un síntoma, que puede corresponderse con un millón de patologías.
Vivimos en una época, en la cual circula por nuestras manos demasiada información virtualizada y desfragmentada a la vez. Esto quiere decir, que por lado tenemos acceso a más datos, pero por otro también hay mucho material de confiabilidad dudosa.
El resultado de ello, es la banalización de ciertas psicopatologías, que deriva en evaluaciones clínicas erróneas, o excesivas.  A la par, se minimiza determinados cuadros, y se debilita la línea entre lo “normal” y lo “psicopatológico”. No me voy a referir al concepto de “normal” porque daría lugar a un capítulo aparte.
No podemos tomar simplemente un personaje de ficción, y colocarle el rótulo de “fóbico social”, por sus excentricidades, las cuales hacen del mismo un sujeto adorable, sumado a la ausencia de algunas características propias del trastorno de ansiedad que se le adjudica. Porque con ello, corremos el riesgo de aplicar ese mismo esquema en personas reales.
Esta forma sintética de evaluar este espectro tan amplio, como es la personalidad humana, conlleva a diagnósticos equivocados, simplistas, y prejuiciosos de no solo personajes de ficción sino de personalidades conocidas, a partir del recorte sistemático de sus biografías, inclusive post mortem.
Finalmente, quiero agregar un par de ejemplos para no caer en los estereotipos. Un niño no es “antisocial”, porque no tenga demasiados amigos, y le guste estar más en la casa que en el colegio, leyendo libros. No todos aquellos considerados, a lo largo de la historia, “genios” o “visionarios” sufrían algún trastorno, como así no todas las personas diagnosticadas con autismo, tienen una inteligencia superior a la media o se comportan como el protagonista del film Rain Man. Si un joven es tímido, introvertido y apasionado por la tecnología, no necesariamente presenta una fobia social o cualquier tipo de psicopatología. De igual manera, no todos los artistas plásticos excéntricos, entran dentro de un cuadro clínico. Un mal diagnóstico es similar a recetar un remedio equivocado. La diversidad no debe ser vista como un signo de anomalía.

Ilustración: Pinterest

Le monde de l’enfant

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Siempre hablamos de la importancia del juego libre, para canalizar y resignificar las emociones, además de ser fundamental para el aprendizaje de los niños. Pero todo ser humano lucha internamente, en pro de su constante búsqueda por hacer algo productivo o útil con su vida, entendiendo por “útil” a priorizar los beneficios económicos por sobre los espirituales. Estos últimos aparecen constantemente asociados a la religión o a la fe. Pareciera que alimentar nuestro espíritu, fuera similar a construir castillos en el aire.
¿Por qué nos cuesta tanto hacer cosas simplemente por el placer mismo de hacerlas? Cuando alguien nos interroga si estamos haciendo un curso o carrera, enseguida surge la pregunta si con ello vamos obtener un rédito económico. Tal vez como adultos, tomemos decisiones en ese sentido, pero no todas nuestras acciones convergen hacia esa finalidad.
El problema es sentirnos como una especie de “bichos raros”, al hacer algo por el mero placer que ello implica. Planteamos todas estas cuestiones desde una mirada adulta, pero también, en el fondo, les estamos hablando al niño que alguna vez fuimos. Y ello no pasó en una vida anterior, sino en esta, hace un tiempo atrás, solo hay que hacer un poco de memoria. De eso se trata este post, de conectarnos con el niño que habita en nuestro interior.
En la anterior entrada del blog, compartía un avance de Imagine Elephant, un proyecto que nos habla del juego espontáneo, y cómo progresivamente ha ido disminuyendo en los niños de hoy. El documental completo, es muy interesante para reflexionar como padres, docentes, etc. Hay tantas cosas para extraer de allí, que sería imposible transcribirlas a todas. Por eso quise dejarles al menos una breve reflexión.
Actualmente, los padres ven a sus hijos desde temprana edad manejar tablets, celulares, etc, y suponen erróneamente que con ello están de alguna manera aprendiendo, al conectarse con las nuevas tecnologías.
Pienso que los chicos son filósofos y exploradores natos, y como tales deben experimentar sobre el mundo. En el video, una de las personas entrevistadas se refería a esto a través de un ejemplo, mientras un niño está observando el recorrido de las hormigas, el adulto no debe interrumpir esta actividad para que aprenda algo, sino enseñarle a partir de sus intereses, en este caso hablarles de las hormigas.
La realidad pareciera contradecir esto, cuando se invade todo el tiempo los espacios de los chicos, porque en el colegio se deben cumplir horarios, y uno debe permanecer sentado, sin embargo, a veces hay que moverse para aprender. El juego nos mueve, produce caos, desorden, y a la par es transformación, aparecen nuevos mundos.
Alguien decía, es bueno que la sociedad no tome conciencia de la importancia del juego, que siga desapercibido, porque si supiera lo relevante que es para la vida del niño, intentaría implementarle reglas, manipularlo, dirigirlo, y ya no sería libre.
El juego es “dejar”, bien expresaba uno de los entrevistados de este proyecto. Y este “dejar”  nos instala como adultos en otro lugar, el de espectadores, para darles libertad a los niños de crear, de construir, de ser dueños de ese pequeño universo que les brinda el juego libre. Con ello, no quiero decir que no puedan participan, es decir, jugar un padre con su hijo, pero sin imponer nuestras reglas.
A la infancia se la ve como un proyecto a futuro, entonces, el niño debe aprender todos los conocimientos básicos para desenvolverse como adulto en la sociedad el día de mañana. Esto significa tener un buen currículum. En virtud de ello, se le enseña una variedad de idiomas y datos, se le exige que haga deportes, etc. Algo que por lado es positivo y beneficioso, pero por otro es contraproducente sino se lo “deja ser”. Y rescato otra pieza del documental, “el niño va a perder identidad”, no va a saber qué le gusta, o lo hace feliz.
El juego espontáneo va disminuyendo a medida que avanzamos en el sistema educativo, como un período de transición, algo “inútil” que está destinado a desaparecer porque no es compatible con la adultez.
La infancia no solo es una instancia para aprender cosas, es también una etapa maravillosa de nuestras vidas. Y durante ese tiempo, el juego debe ser una de las actividades más importantes, por su valor y porque es un derecho que posee todo niño . No debemos perderlo al llegar a la adultez, porque nos permite seguir creciendo como personas, procesar nuestras emociones, conservar la creatividad, la energía y la salud psicofisica.
Al niño no hay que bombardearlo con universos creados desde la tecnología. Jugar implica crear un mundo nuevo con nuestras propias herramientas e imaginación. Cuando se juega no hay horarios, ni frustración, ni miedo, solo existe el placer de jugar.

Ilustración: Pinterest

“Aprender a aprender”

Una vez escuché que cuando a un niño se le pregunta si puede cantar, bailar, dibujar, la respuesta es afirmativa, pero cuando se le hace la misma pregunta a un adulto la contestación difiere. El interrogante es: ¿qué nos pasó durante todo ese período? Lo que sucedió fue nuestra estadía por el sistema educativo. Nada mejor para sentirnos en plenitud y libertad que hacer todas aquellas acciones las cuales fueron “censuradas” para nuestro Ser. “No se puede bailar” o “se debe hacer hasta determinada edad”, “no se debe cantar, reír, soñar, escribir”, etc. Nos dijeron o dieron a entender que todas esas actividades tenía un período de tiempo, o les pertenecían a determinados individuos.
Ahora bien, no existe impedimento alguno para renunciar a ellas. De manera tal, que nunca es tarde para aprender a tocar un instrumento musical o si nos animamos a hacerlo por nuestra propia cuenta. Así también, podemos bailar, cantar, reírnos, soñar, escribir nuestros pensamientos, principalmente expresarnos de todas las formas posibles.
La sociedad en general crece con esta concepción, con lo cual no solo tenemos que resistir al sistema educativo sino a la mirada social  “condenatoria” . Debemos empezar a educar a las generaciones futuras a tener otra mirada, no solo para que despleguen sus alas y sino para aceptar la imagen de una persona mayor bailando o besando a su pareja, porque hasta los sentimientos parecierán haber sido censurados. Hoy en día el discurso publicitario se hizo eco del adoctrinamiento cultural, en el sentido de avalar la utopía de la “eterna juventud”, dirigiendo sus mensajes exclusivamente hacia los más jóvenes, con el afán de que consuman determinados productos, obviamente no en base a los atributos de estos, sino a los valores impuestos que se les adjudican. Y citando a Oscar Wilde, en su novela El Retrato de Dorian Gray, podríamos afirmar: “el mundo es suyo por una temporada”.
Pero no me voy a detener en los medios de comunicación, sino en nuestra querida y vieja “escuela”. Seguimos teniendo una educación deficiente, porque no se reforman sus contenidos y métodos pedagógicos. Ello no es una novedad, y quiero centrarme en este punto.
Hace poco ví un video de esas charlas de TEDx, en él exponía alguien que a pesar de llevar las cicatrices del sistema pudo revertir su situación implementando, casi como “pequeños granitos de arena”, nuevas propuestas de educación desde su lugar de trabajo como educadora. Es maravilloso poder encontrar personas con ideas innovadoras, que se pueden discutir llevadas a la práctica o no, pero enriquecen a la enseñanza. Lo que planteaba esta persona era un modelo de escuela sin aulas, con tiempos y espacios distintos. Lo real es que “se le brinda a todos lo mismo, en determinado tiempo y lugar”.
Al respecto de esto, hace muchos años atrás ví un programa televisivo donde mostraba cómo se les enseñaba física a adolescentes de otro país, a través de ejemplos empíricos, donde ellos podría observar e interactuar sobre objetos reales y cotidianos. Y me llamó la atención porque cuántas veces deseamos que nos hubiesen enseñado física, química, o matemática, de esa forma. Cuando eramos estudiantes, y veíamos la pizarra plagada de fórmulas que hablaban de velocidad, tiempo, fuerza, no las podíamos asociar a la realidad. Parecía un lenguaje demasiado abstracto para descodificar, pero hoy como adultos al mirar nuestro alrededor, vemos un mundo lleno de matemáticas, de teorías físicas y químicas. Entonces, si está allí a nuestro alcance, por qué no les enseñamos a los jóvenes todas esas disciplinas aplicadas espacios y objetos concretos del entorno.
Hay una frase que rescato de esa charla de TEDx, que mencionaba anteriormente, “hay que enseñarles a los niños a aprender”. Esto significa dejar de lado conocimientos que el día de mañana se vuelvan para ellos obsoletos. Creo que cierta información nos va acompañar a lo largo de la vida, aunque otra será desechada con el tiempo. Es por ello debemos darles herramientas para que puedan pensar por sí mismos. Porque está en nuestra naturaleza, no hay un pensamiento único y absoluto. Pero la escuela de hoy no está preparada para ello. Enseña al que va a su ritmo, y el resto es solo una piedra de la cual no se hace cargo. La realidad es que todos aprendemos y pensamos de manera diferente. Sin embargo, la concepción de aprendizaje actual se basa en un pensamiento único, en antiguas escalas numéricas, curvas y estadísticas “exactas”. En este marco contextual, quien no se hallé dentro de la “norma estándar” quedará fuera del sistema.
Por último, tomo una premisa más de aquella charla, la construcción de la enseñanza sobre el error (resaltado con fibron rojo), que plantea esta educadora bajo una lupa crítica. Lo desacertado de esta premisa, precisamente porque aprendemos de los errores, de equivocarnos. Pero en la educación equivocarse no es aceptable. Y voy a mencionar un ejemplo pequeño, para que pensemos cuánto debemos cambiar. Cuando iba a la secundaria, la matemática no era para mí “la tierra prometida”, como seguramente tampoco para muchos, porque tal vez tuvimos una mala experiencia con ella, y me sucedía a menudo hacer largas ecuaciones y fórmulas correctas para un examen, pero como no prestaba mucha atención a esos pequeños signos al lado del número, siempre erraba antes de terminar en alguno de ellos y obviamente el resultado final no era el esperado con lo cual desaprobaba, aun cuando el planteo del problema era acertado; no obstante, los números son números y hay que respetarlos, eso al menos fue lo que nos enseñaron durante todo este tiempo.
Derrumbar edificaciones tan precarias y remotas, con raíces tan presentes, es una larga tarea, sin embargo, hay quienes que a pesar de remar contra la tempestad, aun creen que se puede cambiar las cosas si confiamos en las corrientes modernas. Se trata de construir una nueva escuela con sello propio, sin recurrir a modelos fracasados provenientes de otros lugares o exitosos pero dentro de otra cultura muy diferente a la nuestra.

“Caminar a oscuras”

Siempre que se realiza un cambio en cuanto a las políticas sobre la educación surgen debates de todo tipo. En nuestra sociedad subyacen varios problemas sociales, entre ellos los comunicacionales, no tratamos de entender el discurso del Otro, o de intercambiar ideas. Más bien todo lo contrario, las imponemos, a la par de criticar, y categorizar los problemas. En definitiva, dividimos, sectorizamos, y nos volvemos más y más individualistas.
Es difícil, como alguna vez lo formulé por este medio, desprendernos de nuestra caja individualista, subirnos por encima de ese inmenso muro, debajo de cual cada vez más nos sumergimos, y poder ver todo un entramado social que nos trasciende. En un mundo donde hace falta más buenas ideas, que ideologías políticas. Además de empatía, porque indudablemente nos cuesta mucho ponernos en el lugar del Otro. Ello agrava y empobrece cualquier debate. En este caso, son los niños ese “Otro”, no son las políticas de Estado, ni los gobiernos, o un problema de “blancos y colorados”.
La educación sufre desde hace varias décadas el mal de la indiferencia. Ha sido desvalorizada, y desmembrada por planes educativos obsoletos. Porque siempre el acento se pone en sus ornamentos, pero nunca sobre su esencia, en su corazón, en los contenidos, en la calidad de los mismos, y renovar los métodos pedagógicos. Porque más allá, de su “pauperizacion”a través del tiempo, hay una realidad, el niño de hoy no es el mismo de ayer. Sin embargo, sigue aprendiendo igual, explorando el mundo que lo rodea, estimulado por sus pares, y teniendo a su alcance un abanico de espacios para expresarse.
No hay que confundir “exigencia” con “calidad” son dos conceptos diferentes, dentro de la enseñanza.
Lei por allí el término “burro”, es una palabra poco acertada para hablar de chicos que no necesitan precisamente más estigmas en sus mochilas.
No se trata volvernos más rígidos o disciplinados para enseñar, sino más aptos para hacerlo. De brindar en todos los niveles educativos calidad e igual de oportunidades “reales” a todos los estudiantes. Además, del respeto por la diversidad, y la individualidad.
No se puede decir a priori, si está bien planteado o no el nuevo sistema de evaluación, o si hay intenciones “Ocultas” de nuestros gobernantes en él. Pero, leí en un artículo de La Nación lo siguiente:”La designación de abanderados fue revisada. Ya no será necesariamente el mejor promedio el que porte la bandera; ahora los colegios podrán decidir que la lleven los mejores promedios o alumnos que se hayan distinguido en el desarrollo de alguna actividad científica, artística o deportiva representando a la escuela; también, alumnos que se hayan destacado por su labor solidaria, su aporte a la cultura o su desempeño en actividades de interés general en beneficio a la comunidad.” Y ello me hace pensar, si se premia no solo a los mejores promedios sino aquél que se destaca en otra actividad ya sea cientifica, deportiva o solidaria; esto no es una mirada algo más integrativa? No obstante, es cierto no resuelve todas las falencias.
Creo fielmente en la cultura del esfuerzo y del trabajo, como valores transmisibles. Así también, en una educación construida desde una multiplicidad de miradas. Pero para ello, también será necesario que los medios de comunicación, la familia y la sociedad en general, colaboren para darle un futuro mejor a la misma. No solo los maestros, y los padres son referentes para los niños, nosotros como adultos debemos dar el ejemplo, sin estigmatizarnos los unos a los otros por pensar diferente, y sin encasillarnos bajo banderas políticas. Porque sin educación, como dije alguna vez, caminamos a oscuras, pero sin el respeto y la tolerancia, nos hundimos en el mismo mar de la ignorancia.

“Los nuevos paradigmas”

Cuando comenzamos a usar Internet, casi dos décadas atrás, las personas de mi generación no sabíamos que solo estamos visualizando un minímo porcentaje de su alcance futuro. ¿Hasta dónde llegaría? ¿Cuántas barreras rompería? En ese entonces era imposible saberlo.
Hoy podemos decir que Internet, dejó de ser un concepto meramente asociado a un ordenador, para invadir más y más espacios en nuestras vidas. La frontera entre el mundo virtual y el real se vio reducida. “La Red” se encargó de desmenuzar progresivamente ese límite. Con la era de la tecnología se instaló también la de “los nuevos paradigmas”. Internet fue el impulsor de esta revolución, incorporando nuevas palabras al lenguaje cotidiano; además de canales y formas distintas de comunicarnos y relacionarnos con el Otro. De igual manera, se vieron modificadas las relaciones comerciales y sus objetos. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿A quién? Preguntas cuyas respuestas se fueron diversificando a partir las recientes tecnologías.
La información virtualizada tomó otra dimensión, y una nueva noción del tiempo apareció con ella. Actualmente existe un tiempo cronológico, “físico”, o real, pero también uno “virtual”. La forma de concebirlo siempre estuvo gobernada por un componente subjetivo. Es como ver por una gran pantalla los acontecimientos de nuestra existencia, y tener un pequeño control remoto en la mente, con el cual podemos pausar o acelerar la percepción de los mismos. Nuestro tiempo cambió, caminamos y nos movemos diariamente de manera apresurada como si no existiera un mañana. No es solo una sensación, es también un deseo interno, que nos propulsa a exigir “todo” a la brevedad o instantáneamente.
A la par del hecho de tener acceso a mayor información, presenciamos una especie de “sedentarismo virtual”, si los datos no pasan por nuestras “manos” de forma inmediata, abandonamos cualquier búsqueda de los mismos. La biblioteca imaginaria y babilónica que nos ofrece Internet, no es suficiente. Lejos de provocar el “Hambre de Saber” en nuestro pequeño ser, pareciera alejarnos más del razonamiento, y pensamiento crítico. Las personas abergan en sus redes sociales centenares de datos imprecisos, sin verificar sus fuentes.
Las relaciones de amistad, de pareja y laborales también se vieron forzadas a asistir a los grandes cambios provocados por la vorágine digital.
Con sus pro y sus contra, da la sensación que poseemos un “arma” tan poderosa, que ha dado un giro muy importante a nuestras vidas, sin embargo todavía no la sabemos usar.
Un claro ejemplo de ello, es el fracasado intento de combinar tecnología y educación, casi ingenuamente como si se pudierá adherir la una a la otra con un pegamento inofensivo. Podemos cambiar muchas cosas pero aun seguimos aprendiendo de la misma manera, es decir, explorando y experimentando sobre ese mundo que nos rodea desde pequeños. La tecnología debe sumar y no restar.